Viajeroandaluz

10 octubre 2006

NUEVE NOCHES BAJO LA LUNA. POR TIERRAS DE GRANADA. 2000

NUEVE NOCHES BAJO LA LUNA ( AÑO 2000 )

PRIMER DÍA: 14 DE AGOSTO

El viaje en tren ya va cargado de ilusión, al mismo tiempo que dentro del vagón, si tienes la suerte de sentarte en asientos que se dan la cara, se dan circunstancias especiales de relación inesperada y que puede llegar a ser productiva. Las personas viajamos en tren por necesidad o por ocio. Sea como fuere el tiempo que dura el trayecto es el mismo para todos y conviene no desaprovecharlo. Antonio es un hombre de Cádiz que trabaja como celador en el Hospital materno infantil de Granada. Viaja con su hija, ya adolescente que se pasa todo el viaje mirando por la ventana sin apenas decir nada. El viajero por ocio, como es mi caso, no quiere perderse ocasión para conocer, así es que está bien atento a lo que sucede. El tren ha salido a las 14:38 h. de la estación sevillana de San Bernardo. Fuera hace 40º C de temperatura, según indica un visor luminoso sobre la puerta del vagón : TEX 40º . Dentro hace fresquito y se va cómodo.

En todos los viajes así, en solitario y sin saber donde se va a pasar la noche, ni que es lo que te vas a encontrar, hay algo de incertidumbre que en un primer momento te transmite una inseguridad similar a la de hallarse en equilibrio sobre una cuerda floja. Pero como ya has descubierto año tras año que las cosas se suavizan y hasta se ponen de tu parte en el terreno, la pena pasa. Miro el mapa: Guadix - Baza - Castril. Un documento diseñado por la Junta de Andalucía en su Delegación de Turismo. Es un mapa que se ciñe a esta zona delimitada por estos pueblos que antes he indicado, justo al norte de la provincia de Granada. Voy conjeturando en torno al mapa, tocando con el dedo los rios y las cumbres más elevadas, los caminos y carreteras. Luego la historia cambia un poco y cuando se empieza a caminar uno va dejándose llevar por lo que surja.

Hemos llegado, entre opinión y opinión, a la estación de Guadix. He bajado al pueblo para sacar dinero y preguntar. Bullicio de ciudad. En el parque hay una estatua con el busto de Pedro Antonio de Alarcón. He cogido la carretera a Benalúa de Guadix sobre las siete de la tarde.

Los viajes que empiezan y terminan en el mismo sitio, no buscan la huída de uno mismo, sino que en el reencuentro hallan su razón, es la unión con el propio yo, pero en escalada hacia uno mismo, mucho más evolucionado, más maduro por la experiencia y cambiado. Las vivencias cambian al viajero, no en el desplazamiento sin más, sino en la propia vivencia, en el sentimiento demostrado en cada paso que se da, en cada metro que se recorre, en cada pueblo, en cada noche pasada bajo la luna, junto al río, sobre la tierra, sin más colchón que el propio suelo, sin más compañía que uno mismo, sin más abrigo que el de la propia ilusión.

Ya lo he pensado varias veces: caminar no supone andar, es algo más, es ante todo entender que los lugares muestran su secreto si uno los descubre poco a poco, sin prisas ( incluso andando se puede ir demasiado deprisa y hay que frenarse), si uno se va adentrando en esa montaña, en ese pueblo, en ese camino como quien retira una cortina con suavidad e incertidumbre, como quien retira un velo de la cara de una mujer, suavemente, para luego acceder a ella de manera directa, implacable.

Es en el sudor, en el sufrimiento, en el agotamiento, donde encuentra el viajero su razón de ser, pues estos ingredientes le hacen merecerse lo que después le regala el azar: agua, palabras, sonrisas y besos. Todo ello hace acto de presencia en cada viaje, con una frecuencia, a veces casi increíble. Es el regalo que no debemos exigir, sino esperar con paciencia, pues en cada pisada hay puestas mil esperanzas. El viajero no desespera ni sucumbe ante la adversidad, pues no hay espacio para lo negativo. El viaje se sustenta de gran dosis de aventura y azar y todo es posible. Quizá en ello, en la exaltación de lo azaroso, consista el viaje.

Cuando dejamos un pueblo, lo hacemos siempre con algo de nostalgia. Es tener la seguridad absoluta, espeluznante, de que jamás volveremos al mismo sitio, pues esto significaría reproducir la situación, congelar la imagen, y no solo esto, sino que aunque fuera posible hacerlo, nunca se darían circunstancias iguales, y a veces ni siquiera parecidas. Todo cambia y evoluciona. El viajero se convierte en un ser sin nacionalidad, pues se hace del camino y es en ese mismo camino polvoriento y caluroso donde encuentra su espacio y donde se conforma. No se entiende la reprodución de escenas pues todo ha quedado ahí, particularizado y singular, momentos de cristal que al reproducirlos se rompen.
Por supuesto que se echa de menos cierta comodidad, cierta estabilidad emocional y cierta seguridad de que encontraremos lo que ansiamos. Pero si esto se hiciera realidad en el viaje, este perdería la mayor parte de su significado. El viajero está sometido a renunciaciones de todo tipo, pero es quien mejor entiende de aprovechar el momento que se le ofrece, a todo riesgo, casi con fiereza y esto, quieras que no, arrastra y contagia. Cuando se llega a un pueblo, a la cotidianidad espesa a veces que como un virus se extiende por los lugares, son los habitantes de ese pueblo, quienes se ven, de algún modo, encantados con las narraciones del viajero, que ante su necesidad de comunicación, producto de la soledad acumulada, no tiene problemas de divulgar.

He observado que hay un intercambio muy positivo, a mi juicio, entre las gentes oriundas de un lugar, y el propio viajero. Vienes cargado y agotado, pides agua y se establece una comunicación, con diferente extensión, según el caso. Traes en tu mochila y en tu cabeza, múltiples sensaciones, que no tienen por que distar ni en tiempo ni en espacio, del lugar que ahora descubres. Todo ello, mezclado con tu punto de vista sobre las cosas, es tema de conversación, al que se agregan otros ingredientes locales y no tan locales, quizá incluso universales, que tienen las personas acostumbradas al sedentarismo.Ellos valoran tu esfuerzo, tú valoras en ellos la resistencia al terreno, la supervivencia aún en sitios donde la presencia humana es escasa por falta de recursos. Pero yendo más allá: es una comunicación recíproca de gestos compartidos, lo que uno espera del otro y viceversa, lo que hace más conmovedor el momento.

Ellos ven tu mirada brillar en medio del calor del mediodía, tu mirada que atraviesa el terrón ennegrecido de la rutina, de la cotidianeidad. Y esto les hace volar, al menos por un instante. Para protegerse y no caer, te comentan que serían capaces de hacer lo mismo, pero que solos no. Al menos en compañía, al menos con la seguridad de que tienes alguien a tu lado. Es el pez que se muerde la cola. Solo en la soledad productiva existe la concentración necesaria para sufrir y vivir el viaje. Has llegado al límite, hay que retroceder y entonces se abre un campo de enriquecimiento mutuo. Comentas algo sobre las dificultades y esto nos regocija a ambos. Tú las sientes como un peso imprescindible, ellos como un peso innecesario.

Caminar por las sierras desiertas, que en todos lados se encuentrar, es estar expueto a la sed, al calor, a la soledad, al desafío y la búsqueda continua, es lanzarse al vacío, a veces sin agua, a veces, las más, sin nadie, a veces sin fuerzas, casi manteniéndote por convicciones internas que rozan la locura.

Guadix es ciudad atractiva y bulliciosa, como digo. Es inicio y fin de mi camino. Casi un Santiago por así decirlo, tras nueve días de camino. Para Benalúa, árabe en nombre, como árabe es la mayoría de lo que hay oculto. Para Benalúa hay carretera que camina entre frutales, con circulación frecuente que te hace caminar por el arcén, a veces inexistente.

Las ventas son algo así como el respiro del caminante. En ellas se puede beber, comer, descansar, asearse y refrigerarse y si se dá el caso, echar un rato de charla, que nunca viene mal. Al viajero, a veces, lo que más le duele es estar todo el día callado, sin nadie con que mediar palabra. La moral se sustenta en el reconocimiento de los demás y ayuda ser alentado. Las ventas son clave para la supervivencia, en los tiempos que corremos, del viajero de a pie. Hay ventas muy grandes, modernas y con amplias cristaleras, pero las más, las que dan un aspecto antiguo y castigo y que son en las que se entra del tirón a cobijarse del sol, son aquellas que presentan regularmente, sombra en el porche y sillas fuera. Siempre hay otra actividad aparte de la hostelera y no dejan de verse alrededor del edificio, gallinas, pavos y otros animales de corral. Tambien árboles frutales y aperos por todos lados. Hay ventas con nombre propio: La Venta del Peral está en el camino que llega de Cúllar a Canilles. En El Margen, hay una venta: Los Paraisos, que recibe su nombre de la multitud de estos perfumados árboles que encontramos justo enfrente.

Transcribiendo de mi cuaderno de notas, que llevé durante todo el viaje: “..Bajada en Guadix. Bullicio de ciudad. He sacado algo de dinero y he tomado la carretera a Benalúa de Guadix (1), entre los cultivos de melocotones a una orilla del río Fardes. Hay seis kilómetros entre Guadix y Benalúa. Pasan muchos coches y hay peligro, pero no he localizado ruta alternativa. He cogido melocotones y al bolsillo. Tambien algún almendro, pero pocos. Más adelante, pasando Benalúa, plantaciones de tabaco. El agua, por inundación, para los melocotones y por surcos para el tabaco. Procede del embalse de La Peza. Voy caminando, llego a Benalúa y casi sin parar a Fonelas. El atardecedr se me echa encima y se levantan los olores frescos a frutal con el ocaso. La luna roja, amarilla fogosa, asoma por el este, a mi derecha. Es hermosa y plena. He hecho varias fotos. A lo lejos, un pueblito abandonado y casas-cueva derruidas. Hay secaderos de tabaco y de vez en cuando una fábrica que vierte su suciedad a una chopera, dejando su tierra como una nevada. Se me ha hecho casi de noche y pasan los coches deprisa entre las choperas altivas y alineadas como una formación de soldados. Cruce de Belerda de Guadix. Hay varias casuchas. Por la rambla del Fardes corre un hilillo de agua. He llegado, al fin a Fonelas (2), donde hay algunos monumentos megalíticos que se indican en un cartel a la entrada del pueblo. Fonelas está en fiestas. Son las fiestas de la Virgen de Fátima. Hay luces en las calles de acera a acera. Viendo la luna llena, redonda, a un lado y el pueblo anunciando fiesta a otro, he pensado en aquellas noches y aquellos besos furtivos en algún pueblo del camino, mientras toca la orquesta pasodobles y se cuece la noche entre la música y el baile. Con estas he entrado en el pueblo y he dado una vuelta después de la cervecita obligada con tapa incluida por cien pesetas. Preparan en la plaza de la iglesia un castillo de fuegos artificiales y un conjunto ensaya en la plaza del ayuntamiento, sobre un entarimado, para pulir defectos. He subido a lo alto, a una especie de parque desde donde se puede ver todo iluminado y las casas-cueva en lo alto. He buscado algún lugar para echarme luego a dormir. Abajo, en un canal que cruza el pueblo, me he lavado los pies, remojándolos en medio de la corriente. La gente pasa y mira extrañada. Después he ido a tomarme otra cerveza y escribir. Cuando he visto que se acercaba la hora, he seguido a la gente y he contemplado los fuegos artificiales con sus figuras pirotécnicas y los petardos que dan lugar a paraguas mágicos a modo de bóveda sobre el cielo, dejando color y fantasía. Caen, imprevisibles, los palos guia de los cohetes y los niños, como en todos los lugares, se pelean por recogerlos del suelo. Poco a poco, se ha ido dando paso a la verbena y los lugareños en su mayoría, se acercan al centro de la plaza para bailar al son. He bailado solo todo el tiempo y tomado cerveza. Así es que cuando ponen pasodobles o sevillanas, me he quedado al margen, moviéndome un poco para disimular. A una chica, que parecía dispuesta, le pedí para bailar, pero me dijo que no y se fué. Más tarde y casi diría yo, por compadecerse, me hicieron hueco unas mujeres un tanto desenfadadas, quizá un poco a lo loco, como olvidando la normativa popular de la prudencia y el recato. Me divertí un rato y luego abandoné la fiesta para subir las calles hasta lo alto, donde el forastero encuentra a duras penas un rincón sobre un tejado, al lado de la chimenea, donde tender la manta y dormir a la luz lunar que casi le desvela toda la noche. Antes, intenté pegar ojo al lado de una pared, en un parquecillo, pero se fueron acumulando pandillas de adolescentes y lo llenaron todo de ruido y la algarabía era insoportable. “Sobre un tejado repleto de cal, la luz de la luna es un candil toda la noche. Ruido de pájaros en el cielo”.

SEGUNDO DÍA: 15 DE AGOSTO

Segundo día. Me he levantado sobre las ocho y media de la mañana, aunque he estado presente en el recorrido lunar, desvelándome continuamente. Un galgo flaco, negruzco, enjuto, con pinta de comer poco, me ha despertado con sus ladridos. Cuando me ha visto levantado, se ha callado y se ha tumbado al sol, a los primero calores mañaneros. Tengo algo de frío en el cuerpo a pesar de que duermo con saco y aislante debajo y he bajado al pueblo a desayunar. Las mujeres barren la puerta. Juani, una mujer simpática y abierta, con la que bailé anoche, ha madrugado y la he encontrado dale que dale con la escoba. Nos hemos saludado. En el bar me dieron el desayuno. Uno con una pierna rota me contó sus penas que le salieron como podían mezcladas en copas de coñac y carajillos. Salí del bar y tomé de nuevo el camino, siguiendo la carretera en dirección al cruce con Pedro Martínez y Huélago a la izquierda y Villanueva de las Torres y Alicún de las Torres a la derecha que es por donde me he metido. Cuando he visto la rambla seca del Fardes he caminado por ella, pero ha llegado un momento en que la espesura de vegetación hacía impenetrable el paso y he tenido que volver a la monotonía del alquitrán. Así poco a poco, alternando rambla y carretera. La rambla es camino alternativo bastante querido por el viajero, pues por él se anda sin ruidos ni peligros de velocidad y el piso, al ser de tierra o arena, es más fresco. Además, seguir el curso del río, es como dejarse ir por el paso natural del agua donde se suelen encontrar veneros o algún chorro de nacimiento que alimenta el cauce. Hay arboledas de chopos a mi derecha en el sentido de la marcha. A la izquierda, se elevan las lomas peladas, secas, con matojos propios de desierto o semidesierto. Cuando he vuelto por segunda vez a la carretera, ante la imposibilidad de continuar por la rambla, ya solo quedaban dos kilómetros para los baños de Alicún y todo el complejo turístico montado alrededor con el nombre de Termas de Alicún. Me he aproximado al recinto, donde, como es festivo, se dan cita cientos de personas de todos lados. Piscina en festivos 1050 ptas. los adultos. (por casualidad es festivo hoy, día de la Virgen). Dentro hay merenderos, terrazas, restaurantes y varias piscinas, una mayor, cuya profundidad máxima no rebasa los 1’70 mts., donde el agua se mantiene a 24º C y otra más pequeña, para niños, de profundidad entre 0’20 y 0’60 y de temperatura algo más elevada, de 32 º C, por encontrarse más cerca del manantial. Como he llegado acalorado, me he puesto el bañador y me he zambullido sin más preámbulo. He probado la emoción olvidada del trampolín y el tobogán. Como no he encontrado sitio donde dejar mis cosas, he colocado la mochila donde he podido, más o menos a la vista. La sombra de los pinares tiene inquilinos que no se quieren ir. Alicún de las Torres, que se encuentra a 750 m. de altitud, posee un balneario con instalaciones de balneoterapia y un gran hotel. En los alrededores del balneario, existen ocho dólmenes, hacia el término de Gorafe. En el restaurante, donde he pasado buena parte del tiempo en el balneario, una mujer endemoniada ha liado una buena, subiendo encolerizada a la parte de arriba, donde se encuentran los comensales e irrumpiendo con violencia entre las mesas. Se oyeron ruido de cristales rotos, gritos y forcejeo. Al final, tras la tormenta vino la calma y la gente se quedó comentando, indignada el suceso. Por lo visto no la dejaron subir a la planta de arriba para comer, antes del horario establecido y se sintió agraviada. Todo el mundo pensó que no era para tanto. Comí una hamburguesa, escribí, estuve hablando algo con los camareros, que son una familia de Alhendín, pueblo cercano a Granada y al cabo del rato me tomé un café solo con hielo para espabilarme. He estado haciendo tiempo en la piscina para esperar que pasasen las horas de más calor. Por momentos he dudado entre continuar hacia Gorafe, continuando la carretera que tomé para venir aquí, o bien volver sobre mis pasos hacia el cruce y seguir hacia Villanueva de las Torres. Me he declinado por esta segunda opción y sobre las seis de la tarde he dejado este entorno de recreo, este oasis muy concurrido y me he dirigido, carretera adelante hacia Villanueva, durante los nueve kilómetros que la separan de aquí. El paisaje ofrece plantaciones de melocotoneros y hay que subir alguna cuesta donde se cria el esparto y el tomillo seco. Me he metido por las primeras calles del pueblo, he subido a la plaza y me he tomado una cerveza. En una tienda que hace esquina he comprado víveres, cogollos de lechuga, cabeza de jabalí, algo de fruta y galletas. He preguntado por un parque para comerme todo esto y he conocido a una familia que viven en Barcelona aunque son de aquí, de Villanueva. Hemos hecho confianza en poco tiempo. Me condujeron hacia una pista asfaltada que aprovechan para montar la caseta en la feria y que es un lugar cerrado con un escenario hecho de obra. Es un sitio pelado y más bien sucio. Una señora anciana me sacó de su casa una botella de agua y me quisieron rodar en video, pero creo que no les quedaba batería y eso me salvó. Con Vanesa, hija y nieta, me he sentado en uno de los veladores de la plaza y hemos estado un buen rato charlando y bebiendo algo. Me he comido lo que me sacaron a mí y lo que le sacaron a ella. La muchacha se ha mostrado muy cordial y me cuenta que en el pueblo la gente bebe mucho y que no pasan una noche que se vayan secos a casa. Que van todos juntos a las fiestas de los pueblos cercanos y que a veces se siente un poco presionada por la insistencia de los demás a la bebida y al tabaco. He pensado, que por estos lares, la juventud, a veces se mete en círculos de los que les cuesta salir. Tampoco ven muchas opciones. Para mí, que vengo de paso, todo me parece distinto y novedoso. Pero esto es otra cosa. He comido junto al Ayuntamiento, en el centro del pueblo, sentado en un banco de hierro, algunas cosas que llevaba, más que nada por quitarme peso y luego he ido con la mochila a cuestas, ascendiendo a lo alto del pueblo, buscando un lugar fresco para dormir. En un principio me tumbé en la plaza, bajo un tejado de chapa, pero hacía calor y los mosquitos se apoderaban de mí, pues tenía que destaparme. He subido, como digo, a lo más alto y allí, merodeando de un sitio para otro, preguntando a la gente que aún permanece, sentada al fresco en sus puertas, he ido a parar al parque, lejano y solitario que bajo la luna llena aún aparece más misterioso y mágico de lo que realmente es. En el silencio de la montaña, en este parque empobrecido y aislado, pasadas ya las enrramadas donde duermen las cabras y dejan su olor a ganado, me he sentido influenciado en la plenitud lunar. Casi como un ermitaño, he sentido la llamada absoluta de la soledad y he pensado tumbarme, para dormir sin tregua en aquella explanada, pero un sentimiento de protección, me ha hecho acudir al calor de las casas y descender un poco hacia las callejuelas ocultas. Después de tender un saco, en la puerta de una casa, al parecer deshabitada, han pasado dos chicas de 17 y 20 años, la más pequeña, Yoli, de raza gitana, Yolanda Heredia Carmona, natural de Málaga. La otra se llama Maite y es del pueblo. Son cuñadas. Según me cuentan, ya madres desde hace tiempo. Nos hemos conocido tras varios encuentros en los que yo las he saludado y ellas, con un gesto muy respetuoso, me han devuelto el saludo. Como nos hemos parado a hablar, se sentaron en el quicio de la puerta, justo a lado mío, para hablar. Me ha sorprendido esta situación, yo solo, sobre mi saco y ellas allí, en estos momento difíciles de repetir, cuando llegas a un pueblo y encuentras a alguien,que no huye del viajero, que no rehúsa de sus palabras, que se sienta incluso, como en esta ocasión, a su lado y de pronto aparecen las miradas, los gestos, la complicidad y un deseo irrefrenable hacia el beso. Esto es, la carencia de afecto, la necesidad a la que tantas veces sucumbo, de encontrar en cada palabra, en cada saludo, en cada sonrisa, un gesto de cariño, incluso de atracción. Nos hicimos una foto que luego era diapositiva y salió cortada y nos dimos la dirección. Todo son vanos intentos de congelar el momento, de intentar guardar lo mejor, de petrificar y fosilizar lo que allí pasó, pero esto es como meter en tiempo en un bote de cristal y la luz de la luna en una vasija de barro. Es el vano intento humano hasta la saciedad, de inmortalizar las cosas, frente a la dialéctica clara y desbordante del azar, de lo pasajero, de la rosa del instante, que acaba, a nuestro pesar, marchitándose para siempre, después de dejarnos su olor y su esencia en nuestro olfato. Y cuando ese polen, aún impregnado en nuestra pituitaria, deja ya de oler, es entonces el corazón y el alma entera la que busca desesperada en el hueco que ha dejado la separación. Lo perecedero de la vida se muestra aquí más palpitante y uno, por más que intente otra cosa, tiene que estar preparado para sufrirlo. Cuando me despedí de Yoli, la chica gitana, aún menor de edad, nuestros brazos se fueron dejando poco a poco, como si hubieran permanecido mucho tiempo entrelazados en una noche sedienta de amor y caricias. No fué así, apenas nos conocíamos, pero su juventud, sus diecisiete años, su capacidad de amar, que se le dibujaba en el rostro, su confianza en el amor, me hizo vivir momentos memorables imborrables en mis recuerdos. Un beso casi en los labios, en la comisura, entre la mejilla, pasto de piel extensa y acolchada y los labios, estuche de su pasión, entrada a su cavidad voluptuosa, a su boca que aún exhalaba el aliento infantil. Mezcla de madre y niña, hija de la luna. Me vino al recuerdo, no sé por qué, ese poema de Lorca, la Casada Infiel, quizá fuera porque el río, alla abajo, seguía transcurriendo nocturno y perezoso hacia el pantano. Recuerdo después, ya solo, tumbado en el suelo, arropado por mi saco, que tardé en dormirme. La luna se había empeñado en despertarme a latidos que desde dentro retumbaban.

TERCER DÍA: 16 DE AGOSTO.

Bien temprano arriba. Aún lucía la luna y el sol amenazaba con subir por el horizonte. He guardado la cama en la mochila y bajado al pueblo para tomar un café con dulce. Sin más preámbulo, he retomado el camino para aprovechar el frescor mañanero. Voy en pensamientos, paso tras paso, reproduciendo cada uno de los momentos que inundaron la noche, pero al mismo tiempo, intentando dejar todo en su sitio para estar bien expectante ante lo que pueda surgir. Caminando por la carretera, a unos dos kilómetros, he llegado a un cruce que si se toma recto, nos lleva a Alicún de Ortega y si decidimos coger a la derecha, como así hice, nos metemos por una pista en estado irregular, algo asfaltada al principio y poco transitada. Abundan las choperas y los regadios al lado del rio. He pasado por la cortijada Casas Cabrera. He parado a preguntar y continuar. En estas montañas áridas, solo se puede extraer esparto para usos industriales y decorativos. Por lo visto, hay que cogerlo cuando todavía no está seco, sobre mayo o junio. El rio Fardes se junta con el Guadahortuna y el Guadiana Menor, que vienen por arriba, en Valdemanzanos, a donde he llegado casi sin darme cuenta, entre recital y recital de poesías que conservo en la memoria. Son poemas aprendidos de Miguel Hernández, García Lorca, Salinas o Pablo Neruda. Esto me entretiene mucho y como estoy solo le pongo la entonación y volumen que me apetece. Antes de llegar a Valdemanzanos hay que dejar, tambien a la derecha, el cortijo de San Roque. En Valdemanzanos he parado para beber agua, que me ofrecieron con amabilidad y de paso pude preguntar. En este cortijo, ya de relativa importancia, se cultivan frutales y hortalizas. En el almacén hay un frigorífico grande con habas recolectadas, en sacos. Para comercializarlas, les ponen la denominación de origen de Dehesas de Guadix, aunque procedan de aquí. Tambien se cría el espárrago. Un hombre que venía en una moto, poco hablador, me indicó que más adelante, en Cortijos Nuevos hay un bar, pero tomé para Cortijos Nuevos y el bar lo habían cerrado hacía tiempo y solo pude ver un cojunto de casas medio alineadas de lo que antes fué pero que ya se abandonó. Poblados como este me iré encontrando a lo largo del camino en un número que supera lo imaginable. Pueblo abandonados al olvido, como alejados del contacto humano, clavados en el tiempo. Unos hombres que montaban un tejado de chapa ondulada galvanizada con taladros, me dieron agua y me señalaron el camino para salir de allí en dirección Pozo Alcón. Hice una foto de fachada con emparrado, quizá para consolarme. El camino me llevó de nuevo al rio. Y la equivocación me hizo pasar una sed tremenda, mientras caminaba en dirección este con un calor asfixiante hacia las horas del mediodía. Un camión cisterna coge agua del río para regar los árboles plantados recientemente en su orilla. Son fresnos, olmos y otra especie que no recuerdo. El grupo de obreros es de Quesada y hacia ellos he sentido una envidia sana. El caudal del rio no es muy grande, pero camina deprisa hacia el embalse del Negratín. He seguido caminando por el otro margen del Fardes apoyándome en la sombra de una chopera, notando su frescura por un sendero amplio y sin desnivel. Pero luego la cosa ha empeorado notablemente, pues ha continuado una subido en zig zag alucinante, donde debido al esfuerzo y el sudor, he sentido una angustia al borde de la desesperación, cuando me veía sin agua, ni siquiera caliente. No dejo de ascender. Veo un camino a la izquierda, que según me dijeron conduce a Fontanar, pero por desconfianza no he querido cogerlo, así es que he seguido por esta pista principal, caminando en ascensión hasta que el terreno se ha remansado y los cultivos de almendro han comenzado a proliferar. Se ve, a lo lejos, Pozo Alcón. He llegado a un cruce y he optado por tomar a la izquierda. Antes me metí en medio de los terrenos arados, para alcanzar un caserío donde se oía el ruido activo de un motor, pero cual no fué mi sorpresa que allí no vivía nadie. Todas las puertas cerradas. Esfuerzo en vano. He regresado al camino, como digo y tomado el de la izquierda, para enfilar el pueblo con la vista y con el paso. Transcurre el agua silenciosa de un canal. Me he metido dentro, con cuidado de no caerme y me he refrescado la cara. A la izquierda, allá a lo lejos y un poco detrás, se ven las casitas alineadas de Fontanar, pedanía esta de Pozo Alcón, hacia donde me he dirigido. Olivares de regadío con pequeños orificios en las gomas negras que abastecen de líquido el cultivo. He sentido sed en extremo y buscando agua me he desviado en varias ocasiones de mi sendero. Es entonces cuando, dejándome llevar por la necesidad, me he arrastrado, casi literalmente hablando por los terrenos para llegar lo antes posible al pueblo, lo cual no ha hecho sino retrasar aún más mi llegada, pues a veces tenía que volver sobre mis pasos. Ya casi tocando las primeras casas, entre chalés y casas de campo, un chico con su moto me llevó hasta el bar - restaurante La Palmera, donde casi antes de pronunciar cualquier frase de cortesía y saludo, he pedido una jarra de agua lo más grande posible y un vaso y que casi me la bebí enterita. Ya una vez recuperado, jadeante y sudoroso, he vuelto a la normalidad. Salí a los veladores y me quedé un rato en silencio, sentado y callado como sonámbulo. Pedí cervecita con tapa incluida y me puse a comer de lo que traía, recalentado como es lógico, pero bueno a fin de cuentas. Después he ido a tumbarme un poco bajo la sombra de una casa, pero las moscas y el calor no me dejaron apenas conciliar el sueño. Así es que me desperté, recogí la cama y me metí de nuevo en el bar para tomarme un café solo con hielo y ponerme a hablar con dos chicas, una de ellas gallega de Vigo y la otra de allí, que con dieciseis años estaba muy desarrollada para lo normal en su edad y que estaban sentadas fuera. Pasando por la puerta de la iglesia se puede ir a visitar y si es posible, utilizar el lavadero. Es este un lugar singular con agua fresca que no falta y que tiene instalados en ambos lados de la edificación, unos tendederos de ropa sostenidos con palos. Fontanar cuenta con algunas fuentes de buen agua y en cantidad. En el lavadero lavé toda la ropa sucia que llevaba y esto me reconfortó, pues mientras se secaba fuí a darme una ducha refrescante y purificadora bajo un chorro de agua que en forma de codo, sirve para llenar los tanques y cisternas para el regadío de parques y jardines del municipio. El agua está helada, fué todo enjabonarme y enjuagarme de una sola vez y casi a gritos, pero me sentó muy bien y salí renovado. La ropa se secaba bien aprovechando el vientecillo y el calor. Al cabo del rato, ya todo en su sitio y seco, un servidor cambiado de ropa, refrescado y comido, ingredientes para el buen ánimo, salí caminando de nuevo hacia Pozo Alcón, aprovechando las horas últimas de la tarde. Una hora en carretera. Los vehículos pasan a toda prisa, casi desesperados y esto me da un poco de miedo, me sobrecoge. El pueblo de Pozo Alcón , que pertenece a la provincia de Jaen, que solo he entrado en ella ligeramente, es un pueblo grande y próspero, un pueblo de tránsito y comercial. He estado ya varias veces aquí de paso. Me metí por las calles centrales y compré en una tienda de las de antes, tomates, yogures y un puñado de plátanos muy maduros que me los dejaron a menos de la mitad de su precio. Los comí todos, uno detrás de otro junto a una fuente en una placita muy coqueta pero afeada por los coches. Unos niños, preguntones, me están agobiando y una mujer, madre de uno de ellos, que se llama Rocío y que es natural de la Línea de la Concepción, hace punto de cruz, grabando por encargo, el escudo del Real Madrid. Oscurece, me tomo la cerveza de rigor en un bar que da a una avenida amplia y donde me colocaron el sello en el cuaderno. El bar se llama café bar restaurante “ José León Pescador “, Plaza del Ayuntamiento nº 18. La señora piensa que algún día podría hacer famoso a su establecimiento si se hace notar en mi cuaderno. Yo pienso que ha sido un poco ilusa y que ve demasiadas series televisivas, pero por mí que no quede. He dado paseos por el pueblo. En una fuente, bebiendo agua, he confundido a un niño con melena que se llama Antonio, con una niña. He chico ha replicado: “ - ¡ Soy un hombre! “. Desde entonces no se lo he negado. Bebí agua en una fuente con dos caños, una fuente que tiene una alberquita al lado y donde se sientan, quizá atraidas por su frescura, unas chicas con pinta de gitanas, morenas y brillantes. Pozo Alcón se asemeja, en los lugares céntricos, a una ciudad pequeña, con tráfico y semáforos. He dejado la mochila en el bar, escondida detrás de la puerta y he dado una vuelta por las avenidas y las terrazas. Me he metido en un disco-bar donde se reúnen chavales y el camarero tarda en atenderte y cuando lo hace es de malos modos, como desganado. Por las calles del pueblo, en busca de un lugar donde echarme a dormir. Una viejita que vive en una casa de la calle Nuestra Señora de Tiscar me ofreció repelente de mosquitos, pues le comenté que dormiría cerca, como así hice, al final de la rampa de subida a la puerta de urgencias del centro médico. Cuando volví, la puerta de la señora estaba cerrada y no pudo darme el repelente. Casi me alegré. Dormir en la puerta de urgencias es un riesgo pues se pueden presentar a lo largo de la noche, como así sucedió, casos urgentes. Elegí este sitio por su ubicación en un lugar apartado del bullicio y fresco por su situación elevada. Pude arroparme con el saco, utilizando como siempre la mochila de almohada sobre la que colocaba una toalla pequeña, para mayor comodidad. La luna, aún llena, se escondía a ratos tras las ramas de un árbol. La puerta de urgencias fué golpeada varias veces a lo largo de la noche. En una de ellas, un hombre al que al parecer habían golpeado, pedía ayuda a los médicos. Todo eran voces. Me desvelé sin saber que pasaba, pero luego me enteré de todo. Por lo visto le habían dado una paliza de vértigo y su compañero le exigía que callase todo lo que había pasado.



CUARTO DÍA: 17 DE AGOSTO

Sobre las siete y media de la mañana me puse en pie y en un bar frente a una plaza, me tomé café con dulce. Luego he llenado la cantimplora y he salido, tomando la carretera A-326 dirección norte hacia Castril. La distancia es de veinticinco kilómetros y en un principio es todo llano. Bosques de pinos. A unos siete u ocho kilómetros se encuentra el embalse de La Bolera y todo un complejo hotelero y turístico para el ocio. Hay un camping donde he pedido información y me han puesto el sello en mi cuaderno. Río Guadalentín. El embalse es grande y está limpio. He bajado para hacer una foto. Los olores del pinar me reconfortan, es como volver a rescatar el recuerdo de andadura con este perfume lleno de salud. El pinar del sur despide un olor seco, sin mezclas de humedad. En el camping, a donde he entrado para curiosear y llenar la cantimplora, unas parejas han alquilado una cabaña de madera y ahora están trajinando los preparativos para las actividades que tienen planeadas durante el día. Se les ve llenos de dicha con su flamante coche al lado de la casita y regocijados en su papel de turistas de campo con sueños de chuletas asadas y pescado a la parrilla. Tienen a su alrededor infinidad de chismes y las mujeres se afanan en preparar las comidas y controlar a los chiquillos. Por la carretera hacia Castril sigo caminando, ya avanzada la mañana, acercándome cada vez más a la sierra del mismo nombre. Campocebas es poblado dependiente de Castril. Antes, en unas casuchas, he pedido agua y un hombre solitario me ha sacado una botella que aunque contiene agua, sabe a vino. Solo he bebido un traguito pequeño. Lo cierto es que mucha sed no tenía, pero al ver al hombre sentado, allí solo junto a su puerta, me dieron ganas de acercarme y conversar y que mejor escusa que la de pedir agua para el caminante. El hombre no parecía muy dispuesto a la conversación, así es que dejé el tema y volví a la carretera, que siempre está esperando sin inmutarse. Más adelante he pasado, como digo, por el núcleo principal de Campocebas. He parado en un bar “ Los Manolones”. En la puerta hay gente sentada y enfrente se puede ver la actividad de máquinas y hombres extrayendo mármol del tipo “Emperador” de unas canteras en la falda de la montaña. - ¡ Es como si cortáramos un trozo de queso !. Dije yo. - Bueno, algo más duro. Me contestaron. En Los Manolones estuve buen rato con mi cerveza de un tercio marca Alhambra, muy extendida por esta zona y todo Granada y mi tapa de calamares que se agradece. La chispa de la cerveza me hizo hablar más de la cuenta y me puse preguntón y exigente, así es que al ver una camiseta que tenía colocada la señora del bar, le pedí una igual para mi y la mujer me trajo una amarilla pálido, que guardé en la mochila, aumentando de este modo su peso. Siempre pasa lo que pasa, se salen con unos kilos y se vuelven con otros. Hay cosas que vuelven a casa sin haberlas usado y otras que te encuentras por el camino y las incorporas a tu inventario. Todo a cuestas casi sin darte cuenta, pues el peso va aumentando poco a poco con el tiempo y lo aceptas sin más. Cuando salí del bar, me di cuenta que el calor era ya sofocante y sin tregua de ningún tipo. Ahora viene lo más duro, así es que me calé de lleno la gorra y con la vista al menos, sombreada, apreté el paso. Sol y sudor, no hay más. Estos son elementos del viaje que no se pueden obviar, testigos permanentes del caminar, omnipresentes y sustanciales, como el peso de la mochila o la soledad. Pasan coches con matrícula de Alicante o Barcelona. Turistas que van y vienen. Algunos vuelven para pasar en verano, algunos días con su familia. Otros huyen de la ciudad. Puede que otros, quizá la mayoría, hagan las dos cosas. Hay pendientes pronunciadas antes de llegar a Castril. La montaña ha sido cortada para dejar paso a la carretera y hay vallas para evitar que los posibles desprendimientos de rocas afecten a los conductores. En medio del calor asfixiante de las primeras horas de la tarde, un coche que subía, se ha parado para montarme pero me he negado. Era un coche moderno, impecable, con aire acondicionado. El hombre, un poco más arriba, ha dado la vuelta y bajado al pueblo. - ¡ Si vengo andando, vengo andando !. Es lo que hay. Lo primero que me encontré, ya a escasos kilómetros de Castril, fué un embalse recientemente construido. El embalse del Portillo. Le he hecho una foto para el recuerdo, con la gran masa de agua en primer plano y la montaña al fondo. Hay un cruce de carreteras y me he metido a la derecha para acceder al pueblo. He pasado por una fuente insignificante, un chorrito de agua que apenas se oye, que apenas se ve, pero que yo recibo con una alegría inmensa, pues he podido refrescarme sin pudores, gozándo del agua, no solo de su frescor, sino además del desanso y relajación que supone verla bajar cristalina, de la montaña. Nada más entrar en el pueblo hay un Centro de Recepción de la Naturaleza para visitantes que quieran visitar el Parque Natural de la Sierra de Castril, pero está cerrado. Calles del pueblo hasta las fuentes, siempre buscando los lugares por donde corre el agua. He ido a tomarme una cervecita en el histórico bar “Emilio”, con placa conmemorativa en la puerta. Tiene este bar especial encanto, con su terraza y veladores y unas vistas inigualables. Es centro del pueblo y lugar de reunión concurrido. He comido al sol en una fuente debajo de la cual hay un letrero que pone: V Centenario : 1490 - 1990. He comido de lo que llevaba y luego he bajado al río para echarme la siesta sobre un banco en un parquecito que hay justo al lado de la ribera. Es un lugar sombreado y fresco. Luego ha llegado gente y con la conversación y las moscas me he despertado. He ido hacia un lugar donde hay embalsada agua y bañistas de todas las edades. Es una gran charca de agua verdosa y sucia, que se alimenta del agua del rio que es bombeada allí a través de una goma. El agua está helada, pues procede de la que desembalsa el pantano del Portillo y que alimenta la vida del rio Castril, es por tanto agua de la parte más baja y más fría, que sale por una tubería de gran diámetro y provoca un ruido ensordecedor ante tanta energía líquida. Poco a poco, tímidamente, me he descalzado, dejado la mochila a un lado y me he metido un poco más abajo, en el curso del río, al lado del camino. Una chica toma el sol en bikini, tendida sobre la tierra. La chica es de Castril pero vive en Barcelona, se llama María y tiene veinticinco años. Nos conocimos, acerqué la mochila y me cambié, para ir a ver con ella los secretos umbríos del desfiladero, con paso de madera y el túnel entre montañas. Es un lugar verdaderamente interesante que ofrece una imagen del pueblo en perspectiva. Me he metido, al final del camino, bajo las aguas heladas de un chorro de agua gigantesco que baja de la montaña. Mientras me enjabono cabeza y cuerpo, María me mira alucinada. Me baño a voces, a gritos que se oyen desde lejos. La potencia del chorro es tal que se me ha salido una chancla y he tenido que capturarla como si fuera un pez de entre las aguas espumosas. Me hizo una foto y luego, con todo por medio después de haberme cambiado de ropa, fuimos a una roca al lado del rio, para secarme y charlar. La gente pasea y se detiene al lado del agua para curiosear, incluso se hacen fotos, pero nadie tiene la osadía para meterse. El viajero aprovecha estos recursos hídricos para bañarse, lo cual tiene doble función, higiénica por un lado y por el otro terapéutica y refrescante. El baño me dejó relajado y como María me debía un beso y no quiso dármelo, tuve que quitárselo de sus labios salados. Tras el beso lo demás, poemas junto al rio, con la tarde declinante y el chorrillo de gente que no dejaba de pasar. Ella me hablaba de su novio de Barcelona al que quería olvidar, después de haber pasado un verano sin él y sin dolor. Tambien sobre un amigo que llevaba ya varios años rondándola en el pueblo. Estaba indecisa, miraba de un lado para otro, como buscando algo. No esperamos a la noche, casi ni siquierra al anochecer, cuando no se adivinan bien las formas y hay más lugares para esconderse. De su mano, cautos pero arrojados por la voluptuosidad de nuestros cuerpos que ya antes se entrelazaron en palabras, en caricias, en la complicidad de la mirada, fuimos caminando hacia una explanada tras una casucha de labor. Mis piernas me temblaban y no ya del esfuerzo caminante. Mis palabras salían a saltos, precipitándose en los labios como cascadas. Noté cómo un impulso desde dentro me empujaba a su cuerpo, cómo el corazón se aceleraba dislocado. No encontrábamos el lugar idóneo para el goce sin miedos, por más que nos empeñábamos, torpemente, en buscar por todos lados, subiendo y bajando de un bancal a otro. Fué al final, en el desnivel de una terraza de cultivo de regadío y olivares, donde descubrí la multitud de veneros que concurrían al núcleo de su sexualidad. Todo sobraba, la mochila, la ropa; atenacé su cintura y me coloqué sobre ella. Al volver sobre el camino, mis piernas flojeaban. Ella caminaba un poco distanciada por peligro a ser descubierta. Subimos, sudorosos, el sendero en cuesta que lleva al pueblo, entre los almendros y las paredes de piedra y se ocultó en una casa, desde donde hice una foto con el santo en la parte superior, justo encima de las buganvillas y los tejados pardos. Luego, cuando ella se quedó en su casa, fuí a comprar y comer algo cerca de la fuente. Volví a sentarme, a concurrir a la belleza del paisaje, desde la terraza del bar Emilio, desde donde se ven los perfiles de la sierra ya con la noche encima. Música caribeña, relajante, de Cesaria Evora,que no impide precipitarse al recuerdo, a la placidez que resulta de satisfacer en cuerpo y corazón un día entero caminando. Castril es atento con los poetas. A la entrada hay azulejos colocados en un monolito junto a un restaurante y dedicados a las víctimas de la guerra civil. Son versos de Miguel Hernández que dicen así: “ ...espadas locas abren una herida inmensa. Después, el silencio mudo de algodón, blanco de vendas, cárdeno de cirugía, mutilado de tristeza. El silencio. Y el laurel en un rincón de osamentas. Y un tambor enamorado como un vientre tenso suena detrás del innumerable muerto que jamás se aleja” Y debajo pone: M. Hernández. Castril a las víctimas de la guerra. En la calle, arteria principal del pueblo, hay una placa con una cita de Borges: “ Se que en la eternidad, perdura y arde lo mucho y precioso que he perdido”. J.L. Borges. Castril a D. Juan Granero Liñán. 1894-1936. Al parecer este hombre, hijo del pueblo, fué médico y alcalde de Castril. Torturado y asesinado en la guerra. He caminado sin rumbo fijo por las calles del pueblo. Un grupo de mujeres suben a una terraza, cerca del cruce, a tomarse una cerveza. He estado con ellas un rato hasta que llegaron las once, hora a la que había quedado con María en la fuente y que no se presentó. Presentí que estaba en un pub que suele frecuentar y que se llama “Diskaparate”. Y no me equivoqué. Dejé la mochila en la puerta y estuve un rato con ella y su hermana. Me tomé una cerveza y luego bajé con ellas hasta acompañarlas a su casa y allí mismo, bajo la galería que conduce a la Biblioteca Municipal dedicada a José Saramago y Pilar del Río, tumbé la mochila y me eché a dormir. La biblioteca fué inaugurada por este escritor portugués, el día 23 de abril de 1997.

QUINTO DÍA: 18 DE AGOSTO

Por la mañana me desperté sobre las ocho, un poco más tarde de lo habitual. La recogida de basura con su ruido tremendo, me desveló. Llegaban en el camión los obreros y cuando vaciaban el contenedor lo dejaban rodar hasta que chocaba con la pared. He ido a tomar café a un bar lleno de jubilados y humo, en medio de un aire irrespirable que no invita a permanecer allí más de lo necesario. He tomado, con cierta pereza, la carretera ascendente en un principio, hacia Huéscar, siguiendo la misma A-326 que cogí para llegar a Castril, comenzando hoy desde el punto kilométrico veinticinco. A unos siete kilómetros, se encuentra el poblado de Fátima, curioso lugar. He parado ( ya no me dejo atrás ni venta ni ventorrillo, ni bar que se me atraviese en el camino ) para tomar una cervecita con tapa y algo de conversación. En Fátima se encuentra la iglesia Ntra. Sra. de Fátima, como es comprensible y dentro de ella, pues la virgen de Fátima y dos monjas leyendo un libro religioso. Me paré, seguramente falto de conversación aún, a hablar con ellas y acabé recitándoles, quizá para compensar, unos versos muy humanistas de Vicente Aleixandre. Con la cerveza y la conversación camino mejor, más alegre y segura, tambien más ligero mientras dura el efecto. He cruzado por un puente que une las dos partes de un tajo enorme y el riachuelo allá abajo. El paisaje es impresionante, con la Sierra de la Sagra azulada, allá al fondo y en primer plano la escarpada ladera pedregosa que dá vértigo. A la salida del puente, me he parado a hablar con una señora que espera en el interior de un vehículo a que venga su marido con ayuda para socorrerles, pues están averiados justo a lado de la carretera. La señora, va con un niño y me ofrecieron agua. Cuando llegó el marido con la grúa y seguía allí, dale que te pego a la lengua. Sobre el kilómetro cuarenta me desvié de la carretera solitaria en medio de unos páramos desiertos y me dirigí a la sombra de una cortijada para echarme un rato a dormir. Por aquí se trabaja el ganado lanar y el campo está pelado y polvoriento. En la cortijada no hay nadie. Después de la pequeña siestecilla adelantada, con moscas rondando por compañía y sobre las tres de la tarde, he cogido la mochila y me he enfrentado a un calor sofocante surcando estos campos pulidos, en busca del pueblo. La sed, el calor, el peso y el cansancio van haciendo mella en mí, pero resisto a duras penas, como voy pudiendo. Voy refugiándome, cuando puedo, entre las sombras de los pinos, que de vez en cuando flanquean la carretera. Son pinos elevados y alieados casi siempre en el margen derecho, a veces, las menos, a ambos lados. A lo lejos, una vez superado un pequeño puerto, se ve Huéscar, extendida y parda. La sed, ya acuciante, me hizo abandonar de nuevo la carretera y buscar agua donde fuera. En un cortijo, al parecer activo, por donde pasa un canal de agua que luego utilicé para echármela por la cara y brazos, he pedido agua a un tractorista que dejó aparcado su coche para iniciar la faena. El hombre ha traído una botella de refresco, con agua congelada, para que le dure la jornada y me ha ofrecido un poco, llenándome la mitad de mi cantimplora. Sin ese agua compartida, me hubiera resultado penoso continuar, así es que se lo agradezo mucho, más quizá que lo que mi gesto, en aquel momento pudiera expresar. Queda Huéscar a unos cuatro kilómetros. Más relajado, calmo el paso con los labios cortados por la sed y el aire seco, pero sin problemas de deshidratación. Al llegar al pueblo, lo primero que vemos es la imagen abandonada del convento semiderruido de San Francisco, del S. XVII, al parecer de propiedad particular. He entrado por una calle larga y que dá a una plazuela con fuente de las que hay que apretar un botón para que echen agua. Es, de todos modos, una placita con encanto, recogida y cordial, donde pasan la siesta algunos vejetes apoyándose en su bastón. Un señor mayor me ha conducido hasta el parque, pues necesito un lugar, a ser posible sombreado, donde comer. El parque, ya casi a las afueras, es lugar de exhuberante vegetación, poblado y fresco. Huéscar es un pueblo con ramalazos de ciudad y hay cierta actividad comercial y tráfico en las calles centrales. El parque, aunque grande y sombreado, no me pareció buen sitio para comer, así es que volví sobre mis pasos, me tomé una cerveza y fuí de nuevo a la plazuela para hacerme una ensalada con corazones de lechuga, tomate y aceite, tambien alguna fruta. Me cobraron por un aguacate, casi veinte duros, así es que lo fuí escoltando con mis manos hasta comérmelo. No quise dejarme ni un trozo. En una tienda compré postales, dos postales con imágenes de la plaza central del pueblo, seguramente de principios de siglo. Dos postales que van a parar a Sevilla, al domicilio de alguna amiga. Son postales que hieren la memoria, pues representan no sólo un lugar, sino tambien escenas con halo de romanticismo en blanco y negro. Después caminé hasta el Ayuntamiento, donde me pusieron el sello del municipio en el que se escribe en círculo: “ Excmo. Ayuntamiento de la muy noble y leal ciudad de Huéscar”. Y dentro aparece el escudo de la villa y en letras mayúsculas tambien y algo más grandes : “ Policía Local “. El municipal que me atendión es un hombre con ideas y muy predispuesto a servir e informar. Me ha hablado de la Sierra de la Sagra, cercana al pueblo y de los problemas con los que se enfrenta el Ayuntamiento. También hemos hablado sobre el convento de San Francisco y que al parecer el problema de su conservación compete tanto a propietario como al Patrimonio Cultural de la Junta y al propio Ayuntamiento. Entre los tres no se ponen de acuerdo y la cosa, al parecer, va para largo. Aunque ya llevo hoy mis kilómetros, he preferido no quedarme en este pueblo y continuar por carretera hacia Galera. En la matrícula de un coche, en los bordes donde se coloca la publicidad de la casa vendedora, ví, con sorpresa que los apellidos del propietario eran los míos : “Talleres Fernández Plaza”, concesionario Citroën. Me he metido en la casa de coches y preguntado por curiosidad. Enseguida una señora, que al ver la coincidencia, se ha alegrado, ha ido a avisar a su marido. En efecto, Sabas Fernández Plaza. Es hombre de unos cincuenta o cincuenta y tantos años. Tiene un hermano que reside en Valladolid y que se llama exactamente igual que yo, hasta en el nombre. Me ha regalado de recuerdo un reloj de cocina con publicidad y los apellidos marcados en rojo. Me quería dar tambien unos bordes de plático para la matrícula, pero me ha parecido abusivo y más teniendo en cuenta que he de llevarlo a cuestas. Para meter el reloj he tenido que reajustar aún más mi equipaje. Le he dejado, encima del mostrador, una llave fija que encontré en la cuneta al salir de Fátima. En la puerta del concesionario nos hicimos una foto, yo con mi mochila a cuestas y el hombre al lado, a mi izquierda. En el fondo los apellidos en un rótulo. He salido contento, divertido y sorprendido por las casualidades, pero la carretera con sus ocho kilómetros que separan de Galera, se ha encargado de bajarme los ánimos. La carretera está llena de amenazas, amenazas de ruidos, de coches, amenazas de rotura de pies y de calor excesivo. Se ve al fondo Galera, que tiene forma de arpón, escalando sobre la montaña y arriba la torre de la iglesia. Galera blanca sobre el río. La cueva vivida desde la prehistoria. Nada más entrar en el pueblo he buscado una fuente con chorros que vierten en un pilar y que está situada al lado de un parquecito escondido donde hay una cruz en un soporte de piedras. Para cruzar el río y acceder al pueblo hay un puente de hierro. Es un puente ancho y transitado, como una avenida. Antes de nada he vuelto a la fuente para meterme a mitad de cuerpo dentro de ella y lavarme piernas, brazos y el pelo con champú. Unos niños, bulliciosos y preguntones se colocan a mi lado sin tener en cuenta el ratito de intimidad que se requiere para estos menesteres. Como estoy acostumbrado a estos asaltos he hecho lo que tenía que hacer, sin pudores ni retenciones. Luego, ya más fresco y conforme, he subido por las calles principales hacia la Plaza Mayor, donde, a la placidez de la terraza de una heladería, me tomé una cerveza y logré contactar, inesperada sorpresa, con una chica que se me acercó al saber que era forastero y le habían dicho que estaba interado en conocer Galera. La chica, a la que enseguida ofrecí algo para tomar y rogué que se sentara a mi lado, se llama Rosa. Tiene cara de buena y está muy involucrada en los aspectos históricos del pueblo y en dinamizar la vida cultural del mismo a través de un colectivo que se llama Natura Galera. Esta muchacha es monitora - guía de un yacimiento arqueológico, ubicado cerca del pueblo y que se llama Castellón - Alto, cultura argárica, con restos del neolítico y Edad del Bronce. Entre su conversación y la mía ha llegado la noche. Me ha presentado a un chico que se llama Miguel Angel y luego he conocido, en la terraza de otro bar- restaurante al resto de sus amigos, casi todos ellos trabajan o estudian fuera y vienen al pueblo por verano. Me he dejado llevar por su ambiente y cerca del parquecito de esta tarde, nos hemos tomado unos whiskys con refresco. Me he acercado algo más a la conversación con una chica bajita, rubia , que habla muy bajito y fino y que se llama Raquel. Raquel está siempre sonriendo. He estado con ellos un buen rato, pero luego se metieron en el barullo de un bar y les rogué que me llevaran a la cueva para dormir. Es esta una casa - cueva que me ofrecieron como alternativa a mis noches al aire libre. La utilizan desde que una vecina del barrio alto, donde está ubicada, se la prestó indefinidamente para que se reunieran allí. Dentro de ella se está la mar de bien, con una temperatura de unos 18 º C, permanente. Me dejaron allí, lugar de difícil acceso a no ser que se conozca uno bien el camino, y me eché a dormir en un sofá, arropándome con el saco y dejando la ventana abierta para que entrara un poco de fresco. Cuando me quedé solo y ellos se fueron, sentí un poco de vacío, pero enseguida por mi cansancio, concilié el sueño y se me olvidó. Estas casas cueva son comunes en Galera y pueblos limítrofes. Tambien lo son en Guadix o Purullena. Su cotización está al alza e incluso en Galera hay una agencia, La Pisá del Moro, sita en la Avda. Nicasio Tomás nº 6, dedicada al alquiler de algunas de ellas, bien restauradas para el turismo rural con carácter exótico, sin duda.


SEXTO DÍA: 19 DE AGOSTO

Me he levantado sobre las diez de la mañana. Mi cuerpo ha aprovechado la coyuntura de cama en blando y la tranquilidad, temperatura ideal y absoluto silencio que se respira en este lugar. He bajado a la fuente para lavarme un poco y despejarme y después a tomar café. Con la buena noche y el estímulo de la cafeína, he soltado las palabras y he conversado un buen rato con un cura de Galera que estuvo destinado en Cartagena y que tampoco tenía mucho que hacer esta mañana. Hemos hablado del campo y de las excursiones. Poco después he cogido el camino del yacimiento de Castellón Alto, dejando la mochila en la sede de Natura Galera, en la segunda planta del edificio consistorial. Allí nadie le toca. He cogido cámara de fotos y documentación. El día está bastante caluroso. Abajo, en el barranco, transcurre sin ruido el río. Es un camino polvoriento y seco. Luego hay que subir una cuesta hasta la entrada del yacimiento, que está rodeado por una valla. Toda la montaña está llena de piedra de yeso. Es curioso comprobar como se rayan con la uña. Al cabo del rato ha llegado la chica que nos ha mostrado parte de los restos. Se llama Mª Victoria. Ya había una pareja allí de Madrid esperando. La explicación ha sido completa y muy puntual. Aquí estuviero asentado un poblado hace unos tres mil quinientos o tres mil setecientos años. Por lo visto, hace millones de años, el mar llegaba a estas alturas, metiéndose por lo que hoy se conoce como las Ollas de Baza y Guadix. El yacimiento argárico ofrece hasta cinco o seis alturas, donde vivían gentes de distinta condición social. Hay enterramientos en cavidades, donde se han extraído restos de huesos y utillaje personal y que ahora se conservan en museos. Algunos de ellos en Madrid. Después de Mª Victoria, vino, para seguir las explicaciones, Eva, una chica que formaba parte del grupo de ayer. Ella ha continuado con la leyenda, pero como el calor es sofocante, le hemos pedido que abreviara. Quizá no es buena hora para venir aquí. Tras el recorrido, ciertamente interesante, hemos bajado al pueblo en el coche de la pareja de Madrid y luego me quedé en el bar Manolo, tomándome una cerveza con Eva, Raquel y una mujer de unos cuarenta y tantos, que se llama Maribel y que es amiga de Eva. Allí a la sombra se está bien y las cervezas entras solas. Maribel, su marido Lorenzo y su hijo David, viven en Barcelona, aunque son oriundos de esta zona. Se fueron Eva y Raquel y sobre la marcha, me quedé a comer en el bar, en el interior con el matrimonio y su hijo. Allí los cuatro en un compañerismo nacido de pronto, compartiendo la hora del almuerzo. Comimos como reyes, ensalada, cordero a la plancha con patatas. Tras la comida, café y pacharán. Llamé a Raquel a su casa, pero al poco tiempo de venir, se fué. He ido a dar una vuelta a la plaza, donde algunas personas se afanan en montar el mercado medieval que se pone en marcha esta tarde. Hay tenderetes de lona y mesas. Los objetos de vidrio, barro y otras artesanías se van colocando poco a poco. Hay actividad comercial primitiva que recuerda a los zocos árabes. Allí se encontraban Miguel Ángel y Rosa, metidos de lleno en el fregao. Rosa, antes de irme y después de haber hecho un pequeño recorrido por el barrio alto del pueblo, se despidió de mí, como disculpándose por no haberme podido atender más tiempo, debido a su ocupación. No hizo falta, pero ello me indicó la calidad humana de la muchacha que para octubre quiere irse a estudiar a Posadas, un ciclo de formación relativo a temas medioambientales y culturales. Allí, en un puesto de venta de jabones y productos derivados del aceite, conocí a una pareja de Rute, que me invitaron para ir a su pueblo y conocer Adebu (Asociación de Defensa del Burro). Me pareció interesante y me quedé con su teléfono. He salido de Galera, con la mente poblada de recuerdos, casi imperceptiblemente, atravesando el rio Orce y metiéndome por un camino a la orilla izquierda del río y al que se ha llamado Camino de la Vega. Ya tenía ganas de encontrame con los caminos de tierra, por esos que resulta más libre andar, con menos vigilancia y peligro. Es este un sendero que transcurre, como digo, paralelo al río y donde se ven numerosos bancales, huertas y excavadas en la roca, algunas cuevas abandonadas con sus ventanucos oscuros, casi arrebatadas de nuevo por la montaña, para la propia montaña. Hay pastoreo y cultivos. He parado en una huerta donde una señora, inclinada, arrancaba yerbajos de los pimientos. Cuando se agachaba, se le subía el vestido. He estado un ratito mirándola desde el camino, lascivo, curioso, sin decir nada; pero temiendo ser descubierto, he bajado a pedir agua. Unas niñas se bañan en una alberca dando gritos y chillidos agudos. He continuado caminando, intentando calmar al corazón voraz de emociones, hasta divisar el lugar conocido como Fuencaliente de Orce ( tambien Huéscar tiene su Fuencaliente, que no llegué a conocer, pues pillaba un poco fuera de ruta ). El caminos se hace tortuoso y como no he visto vereda alguna, me he metido por los sembrados, campo a través hasta el recinto de los baños. Es un merendero en torno a una gran piscina donde conviven los barbos con los bañistas. Todo está cubierto de árboles de gran altura, que ofrecen una sombra acogedora. Me he puesto el pantalón del bañador, un pantalón corto pensado para hacer deporte y con él me he metido en las aguas no tan frías como se pensaba. Varios largos y luego a secarme al sol, ya en declive. Para hacer tiempo he hablado con dos chicas, una de ellas de Sevilla, que estaban tumbadas en la hierba. Al viajero no deja de extrañarle, que sin decir nada y sin poner apenas nada de su parte, haya gente que le conozca y le dirija la palabra para saludarle, como si nos hubiéramos comido una paella juntos, humedecida con vino tinto. Lo cierto es que un chaval que estaba por allí, al verme, me saludó. Es de Orce y ayer, en la carretera, cuando venía pensando en las casualidades, por lo del reloj, quiso montarme en su coche para llevarme a Galera. He llegado a Orce por carretera y ya medio oscureciendo, con la piel fresca. Me he comido en la puerta de una tienda dos yogures, del tirón, a cucharada limpia, como si me pesaran en las manos. He ido buscando la plaza pasando al lado de uno de los impresionantes muros del castillo de la Siete Torres, que data del siglo XI y que alberga en su interior el museo arqueológico y paleontológico. La plaza está animada. Me he tomado una cerveza para pensar mejor y luego, dando un paseo, he descubierto la belleza empedrada y agreste de la Posada de Los Caños, junto al Palacio de Los Segura, rehabilitado para fines culturales y oficina turística. Como las dueñas de la pensión se encuentran en un bautizo, he ido mientras a dar un paseo, En el patio recibidor de la posada, como he dicho antes, de suelo empedrado y paredes encaladas, se está muy a gusto. En las paredes hay bombillas que dejaron de funcionar y a las que se les ha echado agua y ahora sirven como maceteros pequeñitos para plantas hígrófilas como los potos. El apaño queda bien y sería interesante copiarlo. La posada tiene puerta de madera, de esas que exigen una llave de hierro pesada y de la que es difícil obtener un duplicado. El conjunto de todo ello dá a esta pensión un carácter de intemporalidad y romanticismo que me atrajeron desde el primer momento. De ahí que hiciera tiempo para convenir el alojamiento. Cuando al fin llegaron las dueñas, dos señoras mayores, hermanas y tristes, por la reciente muerte de su hermano, pude ver la habitación, situada en la primera planta, con ventana a corral de parra. En mil pesetas se quedó la cosa, aunque solo pasara una noche y el precio para esta fuera de mil quinientas. Subí mis cosas y me dí un baño. Después salí a dar una vuelta y conocí, al lado del castillo a un grupo de unas cuatro o cinco chicas de entre diecisiete y diecinueve o veinte años. Entre ellas hay una muy delgada que se llama Mª Carmen y es de Granada. Nos hicimos fotos en la fuente, una fuente grande de cuatro caños y es por este nombre por el que se la conoce. Es además sustento de un lavadero anejo, pero que está cerrado con llave. Después de la foto y la fuente, subimos a la Cruz, con el cielo estrellado y donde el airecillo de la altura reconforta. Para subir allí hay que salir por la zona alta del pueblo, atravesando una pequeña placita, que cuando horas antes descubrí, la elegí para quedarme a dormir si fallaba la pensión. Es una placita con jardincito y casas pequeñas donde todo el mundo se conoce y que en medio de la tranquilidad, ofrece un escenario inigualable para pasar la velada, sentado al fresco. Como digo, subimos todos a la Cruz. Un chico de unos dieciocho y otras tres chicas. Jugué al amor entre los escarceos verbales de la pandilla y luego, henchido de luna y noche, bajamos al pueblo para despedirnos. Una de las chicas, alta y guapa, que vive en Valencia, me dejó su teléfono móvil por si quería alguna foto. Entré en la posada, que tenía la puerta encajada, con todas las luces cerradas, deslizando mi mano por las paredes para orientarme y subir a tientas las escaleras, buscando el interruptor para llegar a la habitación. Al fin y como si de una pequeña odisea se tratase, pude meterme en la cama no sin antes quedarme un momento mirando por la ventana, con la luz abierta.

SÉPTIMO DÍA: 20 DE AGOSTO.

De nuevo, un poco más tarde de lo deseado, he iniciado el camino hacia Cúllar, dirección sur. He renunciado a levantarme temprano pues no había, dentro de la habitación escondida, rayo solar que penetrase para invitarme a madrugar, así es que sobre las diez menos cuarto he abierto los ojos al dia. He bajado a desayunar y con un cubo que me prestaron en la posada y jabón que llevo en mi mochila, he ido a la fuente a lavar ropa sucia que ya se estaba acumulando. Mi muda solo se puede renovar durante varios dias y hay que lavar periódicamente. Después de refregar camisetas, calzoncillos y calcetines, estos últimos colocándomelos a moto guantes y frotando uno contra otro, he ido a tender la colada al patio de la pensión. Mientras se seca todo, he ido al Palacio de Los Segura, rehabilitado, como dije antes, para oficina de turismo, exposiciones y lugar de venta de productos típicos y artesanales. Hay un patio central digno de ver, reformado y donde predomina la madera. Al edicio se puede acceder por varias entradas, cada una de ellas da a una calle, o mejor, una a una calle, la de la posada y la otra a la plaza. Exposición de pinturas de Mª Angeles Ruiz, mujer de treinta y tantos, accitana ( de Guadix), pero afincada en Granada. Mujer sensible, optimista, íntima. Sus cuadros se han vendido bien y está satisfecha. El lugar de la exposición es una sala con cubierta de madera. He pasado un rato con ella, en un patio recoleto, hablando de su trabajo y de la vida, al susurro del sonido del agua de una fuente. Después he ido a ver el museo penetrando por la puerta principal del castillo. Hay tres alturas y escaleras interiores de madera e hierro para subir. En la superior se encuentra una reproducción del trozo de cráneo del hombre de Orce, cuna del hombre europeo, encontrado en el año 1982 en Venta Micenas, carretera de María. El original reposa, al parecer, en una caja fuerte que hay en el Ayuntamiento de esta localidad. Sobrevuela el águila por encima de las colonias que hay de este ave en Sierra María. He vuelto a la pensión para recoger la ropa ya seca y salir a la terrible hora de la una de la tarde, camino de Cúllar. El camino polvoriendo se aleja del pueblo ascendiendo en un principio y luego allanándose en el terrero. He encontrado un palo a modo de señal con una fecha y la leyenda “Ruta de Ibn Al Jatib “ y tomo a la derecha en el sentido que indica la señal. Es un camino solitario recreado, de vez en cuando, por el humilde verdor del almendro. A veces, alguna nube, que se interpone ante el sol, me deja abrir los ojos por completo, dándome un ligero suspiro al caminar. Las nubes se van acumulando y un poco más tarde cayeron algunas gotas que hicieron levantar el polvo y pusieron cavidades grises por los senderos de polvo blanco . Caminando y caminando entre los cortijos abandonados donde solo hay agua almacenada en cubas para el sustento del ganado. He roto la cremallera de la mochila y he tenido que poner un imperdible. He llegado a una zona de invernaderos donde se cultiva el tomate enano, como los del Cortijo del Motor, donde he parado, desviándome por un camino para llegar al porche emparrado y beber agua. Es un agua, no de gran calidad, pero sí al menos, potable. Tambien he lavado algunos tomates que cogí y que guardaba en los bolsillo, para ir comiéndolos poco a poco, a tomate por bocado. He llegado hasta la carretera A-330, después de rebasar un cultivo al aire libre de tomates de pera, más grandote y rojizo, donde tambien he repostado vitaminas nada despreciables y he tomado a la izquierda. Las gotas desaparecieron y el sol se convirtió de nuevo en el rey del cielo. Caminar ahora por la carretera es más duro, pues el firme está asfaltado y pasan coches. Un chico francés que va en moto se ha parado en el arcén y hemos estado un ratito hablando. Me cuenta que va en solitario, para descubrir Granada y Sierra Nevada. Le he indicado algunos sitios sobre el mapa de carreteras que lleva guardado. Detrás lleva una botella de plástico con agua, pero está muy caliente y no se puede beber. Caminando por el arcén he llegado hasta El Margen, un pequeño núcleo de población, donde paré en la venta Los Paraisos para comerme un bocadillo de queso y descansar un rato. Botella de agua y bocadillo por quinientas cincuenta pesetas. Frente a la venta, una extensión de paraisos, que de ahí debe el nombre, inundan con su perfume la primavera de estos lares. Por lo visto, es pasar por la carretera y quedarse embriagado por la fragancia. Al salir de la venta ha comenzado a llover con fuerza, como un chaparrón de verano. Justo en este momento ha parado un coche blanco en el arcen contrario: - ¡ Antonio ! -. Alguien me grita desde su interior. Son las chicas de Galera que pasaron por allí y me reconocieron. Vienen de Cúllar a donde han ido para recoger a una amiga que viene de Madrid. Cuando ha pasado la tormenta nos hemos metido los cuatro en otra venta más adelante para tomar café. De nuevo la casualidad me ha sorprendido. Tras el remojón, gajes del oficio, apetece estar aquí sentado cómodamente y tomarse un cafetito a la sombra de la conversación, ahora más viva. Nos hemos dejado los teléfonos y las direcciones y les dí, como regalo una bolsita de tomates que aún guardaba. La tarde va declinando y tengo que darme prisa para llegar a Cúllar. De todos modos he ido sobrado y voy andando con fuerzas oliendo los campos recién mojados y la paja húmeda ya cosechada. He llegado a Cúllar anocheciendo. Monumentos de interés en esta localidad, situada al lado de la autovía, son la Iglesia de la Anunciación y la Casa de los Duques de Cadmio, tambien la ermita de la Virgen de la Cabeza. El patrón es San Agustín. He parado en la plaza mayor, en el bar Los Faroles, donde tardaron en atenderme y no permanecí mucho rato. Fuí callejeando por la nocturna Cúllar y la siguiente cerveza me la tomé en un bar situado al lado de la travesía. Al lado mía, en la terraza, hay sentada una familia que tiene una niña pequeña que se llama Maila, que es nombre árabe. Desde aquí, se ve iluminada, allá en lo alto, la ermita de la Virgen de la Cabeza, torre de piedra y casa. He cruzado la carretera para tomarme una última copa y comer algo y después, en el banco de un parquecito, cerca del cruce, tendí el saco para pasar una noche más. Es sitio oscuro y aunque pasa gente cerca, pude conciliar el sueño hasta la mañana.

OCTAVO DÍA: 21 DE AGOSTO

Nada más levantarme y para poder arrancar y entrar algo en calor, he ido a tomarme un café a una cafetería al lado de la gasolinera. Los obreros se toman el café cortado o el carajillo para aliviarse antes de acudir al trabajo. Mi mochila reposa en el suelo por poco tiempo, pues enseguida, después de llenar la cantimplora, he tomado una pista de cemento que va a dar a la ermita y que después transcurre, ya camino de tierra, paralelo a la autovía. Sigo caminando por la ruta de Ibn al - Jatib, dirección sur. El mapa me sirve de referencia. He llegado al cruce donde confluyen esta ruta con la de Ibn - Batuta, pero he seguido por la primera y luego a la Venta del Peral, agrupamiento de casas blancas con encanto. He parado en un bar donde me pusieron, al lado de la cerveza, una tapa de jamón, todo por cien pesetas. ¡ Casi ná !. Los cortijos, a veces ya abandonados, aparecen entre los campos solitarios. La sensación de sequedad al mediodía es enorme. He llegado a Los Alamillos, aún habitado y he aprovechado para pedir agua. Foto a las casuchas y al emparrado. En Los Angulos, donde al parecer nadie habita, hay un pozo con caseta, puerta de padera curtida por el sol, pila de lavar y tinaja medio rota. Todo ello conforma un conjunto con solera, así es que después de sacar agua fresca con un cubo, ayudándome con la carrucha, he hecho una nueva foto. Las cortijadas me ayudan a avanzar, pues en ellas encuentro aliento, sombra y agua. Tienen un efecto sobre mí parecido al de las ventas, pero sin vino. En Las Canteras, un chaval joven me dió agua y señaló el camino hacia Caniles, a donde hube de llegar después de cruzar por El Francés, de más renombre e importancia y Los Pinos con su refrescante y próxima Fuente de la Ártichuela. Cae en este lugar un agua cristalina y fértil que es la vida de una alameda próxima a la rambla. Por las calles de Caniles, empinadas y calurosas, he entrado a la hora del almuerzo. Fuí ascendiendo hacia el parque para tomarme una cerveza con tapa y luego salchichón y pan del que llevaba. Me he sentado en un banco con dos viejos que luego se fueron yendo hacia el hogar del jubilado a echar la partida. Desde Caniles se puede ascender hasta la Sierra de Baza, que es Parque Natural y dejarse caer en un día de camino a Fiñana, ya en Almería. He querido dormir un poco pero ha sido imposible, así es que he ido a donde fueron los vejetes para tomarme un café y tras la recarga de conversación que puse a mi favor para autoestimularme, cogí de nuevo el hilo del camino bajando hacia el puente, cruzando el riachuelo que aún lleva agua y luego una pista que transcurre paralela a la carretera, primero a un lado y luego al otro, para llegar a Baza. He llegado a la caída de la tarde, pero con tiempo aún de comprar algunas cosas y llevármelas al parque para comérmelas y después buscar pensión. He callejeado por las estrechas callejuelas laberínticas del centro de la ciudad. Baza es grande y me pareció algo intranquila para dormir al relente. Después de ducharme en la pensión he ido a dar una vuelta y justo a la salida he conocido a una chica, Cristina y a otras más que concurrieron con ella en el parque, en un bar con terraza donde nos tomamos algunas cervezas y charlamos. De tapa suelen poner costilla frita. Me lo he comido todo. Cuando he bajado a dormir he acompañado a Cristina que vive justo al lado, en el callejón la cogí por la cintura y me fuí paladeando la miel de sus labios en un beso robado, arrebatado a la noche como quien entra furtivo en un huerto para coger un melocotón y quedarse dormido con el hueso en la boca. Mañana quiero subir por la sierra para dejarme caer al otro lado, será jornada dura y hoy me he preparado para el esfuerzo. Con la puerta del balcón abierta, he tenido que arroparme con la cubierta blanca de las sábanas.

NOVENO DÍA: 22 DE AGOSTO.

He tratado de levantarme a buena hora para subir por la sierra, desconocida para mí y por tanto no delimitada aún. Esto me deja un poco inseguro. Sé que hay que subir, pero no sé ni cuanto tiempo ni realmente hacia donde me dirijo. Mi idea es alcanzar algún pueblo al otro lado y así conectar la ruta. He tenido que andar un buen rato por las calles de Baza, recorriendo todo el pueblo en dirección sur en principio y luego en dirección este para tomar el camino que sale de la famosa Fuente de San Juan, que ahora debido en parte al efecto de la estación seca, cuenta con menos presencia de agua de la que los viejos del lugar recuerdan. Por las calles desiertas de Baza, medio desorientado, me voy encontrando de cuando en cuando alguna mujer que barre la puerta o algún albañil, que desde la obra me indica la dirección. Está más lejos la salida hacia la pista de lo que pensaba. He tomado el camino nada más llenar mi cantimplora sumergiéndola bajo la poceta del nacimiento y luego he seguido caminando, para adentrarme en los campos que cubren la sierra, cada vez más solitaria y auténtica, cada vez más escarpada. Me voy indicando por las señales que han pintado a modo de baliza, ya que hay un sendero GR reconocido que transcurre por el parque natural y en el que yo he confiado. Los pinares y el silencio se imponen. Tan solo alguna pequeña y abandonada casa me recuerda la presencia del hombre. Las fuentes, no muchas, apenas tienen agua. El sendero a veces se estrecha y otras se pierde entre los cauces secos y pedregosos. Hay que estar algún rato pensando qué camino tomar según lógica y quizá intuición. He llegado sin demasiados problemas al Centro de Recepción de Visitantes Narvaez. Todo son construcciones nuevas pensadas para acoger e informar al turista que decida pasarse por aquí, pero por ahora solo abren los fines de semana, así es que todo el complejo me está vedado. Dejando la mochila sobre unas escaleras me he dado una vuelta por los alrededores. Arriba hay unos depósitos que vierten algo de agua por un chorrito conducido. He cogido alguna en la cantimplora ante el temor de quedarme sin recursos hídricos. Para llegar a Narváez hay que desviarse un poco del camino, que luego he retomado. Desde aquí hasta La Canaleja por una pista ancha o carril forestal, por donde circulan de vez en cuando vehículos particulares y sobre todo vehículos todoterreno oficiales para vigilancia y cuidado de la sierra. Dentro van hombres con un mono amarillo característico. Se me han quedado mirando pero yo me he apretado la gorra sobre la cabeza y no he dicho nada. La Canaleja es lugar recreativo ya que han colocado barbacoas, mesas y bancos para facilitar su uso como merendero, más arriba hay un refugio con el tejado muy inclinado, quizá para evitar la acumulación de nieve en el invierno. He parado aquí, ya un poco desgastado por la subida y he comido un poco de choped con aceitunas y algo de queso, tambien acepté una cerveza que me ofrecieron en un grupo de gente que venía a comerse el arroz, pasear a los chiquillos y oler bien y bueno. La fuente que está al lado del camino arroja un chorro de agua fresca que dá gusto verla. El agua, antes de irse para otro lado, cae en un pequeño estanque donde puedes meter las manos y mojarte los brazos y la cara sudorosos. Los demás, con sus coches allí al lado, animan a la cocinera que prepara un arroz. Su algarabía en torno a la comida es fuente de placer. La mía lo es la montaña, el otro lado, el más allá. No quiero respirar ni un minuto más esa falta alegría burguesa y así es que fuí subiendo, ahora por un sendero tan pendiente, tan escarpado, que tuve que detenerme en más de tres ocasiones para tomar aire y aliviarme, lo cual aproveché para contemplar el cada vez más amplio y azulado paisaje que quedaba debajo de mis pies. Merece la pena la subida, aunque el peso y el cansancio muscular te ate a la llanura, aunque tus piernas flojeen por momentos y quieras quedarte allí tumbado todo el día. Merece la pena continuar porque arriba te espera la suavidad del aire de la montaña alcanzada, el suspiro del viento y la caricia de la brisa fresca. El senderito, que pertenece a la ruta señalada en franjas horizontales rojas y blancas, va a dar a una pista que nos lleva si continuamos a la derecha. A lo largo del camino y aún antes he abierto numerosas veces el plano de la sierra donde vienen señalados los caminos, carreteras, pistas forestales, arroyos, barrancos, fuentes o refugios. De tanto abrirlo, quizá para consolarme, está un poco deteriorado ya. Uno, cuando sufre la subida o cuando tiene sed y no hay agua que echarse a la garganta, suele refugiarse en los mapas donde el azul nunca se pierde y todo es llano, donde el hecho de verte avanzar de un sitio para otro dentro de los trazos coloreados del papel, parece que te hace sentirte satisfecho. En el fondo creo que es el soporte de tu sueño del que ese momento y más que nunca, necesitas.¡ Y qué vistas, madres mía !. El peñón de la Sagra frente mía, al norte, más a la izquierda y un poco más cerca el Jabalcón y a su pie el embalse del Negratín. La sierra de Castril y encima mía, detrás, el pico más alto de la Sierra de Baza, el Santa Bárbara, pelada cima que supera los 2400 m de altitud sobre el nivel del mar. Un poco más adelante se encuentra un lugar señalado como El Pozo de la Nieve, con su fuente y su refugio y la explanada de los Prados del Rey, ya seca, pero que se convierte en los meses de lluvia en un prado exhuberante. El sendero sigue señalado hacia Fiñana en unas cuatro horas y media a pie, pero prefieron continuar ahora en dirección sur, por un camino en línea ligeramente ascendente que corta la loma y que nos lleva a un Centro de Contraincendios, un centro de reunión del reten de incendios en caso de fuego habilitado para que puedan tomar tierra los helicópteros. Desde allí y por la llamada Garganta de los Resineros, por la cañada escarpada, cubierta de pinares y arbustos que imposibilitan el paso y donde me he tenido que emplear a fondo para atravesar, entre la maleza a veces impenetrable y las hojas muertas que yacen al pie de los pinos y por las que a veces me deslizo peligrosamente, he ido descendiendo, siguiendo a veces los senderos apenas perceptibles que dejan el paso de ganado y las pisadas medio borradas de los pastores. He encontrado chozas y apriscos, algún objeto doméstico, todo muy rudimentario para el difícil oficio del pastoreo. Apenas con agua y la dificultad creciente han incrementado el esfuerzo. Prácticamente abatido he conseguido vislumbrar de lejos un camino y atravesar entre arañazos y rozaduras los últimos arbustos y dirigirme por la pista hacia los primeros caseríos. Detrás queda toda una tarde, quizá la más angustiosa, donde he tenido que sacar fuerzas de flaqueza y no sólo físicas para avanzar. En la Venta del Vicario me he lavado un poco brazos y cara. Me he mirado al espejo, el rostro descompuesto, desencajado y he intentado dar la cara más propia para entrar en conversación al tiempo que me tomo un café y veo que en reloj de pared de la cafetería estan a punto de ser las siete de la tarde. Un camino paralelo a la autovía me lleva al cruce de Gor y desde ahí una carretera poco frecuentada, que sale a la izquierda hasta el pueblo, que se ve blanco bajo la montaña. A la entrada me he parado a hablar, quizá tambien porque lo necesitaba, con unos viejos que pasean en las horas de menos calor de la tarde. Nada más entrar, a la derecha, hay una gran fuente con muchos caños activos y unos niños merodean alrededor suya. Ni corto ni perezoso, me he puesto las chanclas y he metido los pies para lavármelos. Enseguida he notado el alivio; después me he lavado el pelo con champú. Todo por medio, los chiquillos me miran, se ríen y comentan. Algo más recompuesto he ido a tomarme una cerveza al hogar del pensionista, justo en la plaza, frente a la fuente. Después, en la parada del autobús, me he entretenido hablando con dos hombres, que me cuentan sus peripecias cuando eran jóvenes. Al lado del consultorio, hay un parquecito pequeño y recogido, allí conocí a una señora con un niño en sus brazos, cuando estaba siguiendo el rastro a algún lugar para dormir. Se llama Isabel, tiene cuarenta y nueve años, vive en Sabadell y el niño es su nieto. Más adelante me he entretenido a hablar con ella en un cruce de calles. Ha llegado su hija y su yerno; la pareja se lleva mal y están siempre discutiendo. Isabel es viuda desde hace ya algunos años. Su pensamiento es libre y profundo, está buscando valores y se encuentra algo angustiada por la situación de su hija. Luego hemos ido ella y yo a tomarnos algo a un bar que tiene terraza. He tenido que traer la mochila, la he dejado apoyada en la pared, pesada e inmóvil como un muerto. Después de la copa, muy hablada por cierto, hemos salido del pueblo, en una calle de extramuros y sobre los pastizales, mis manos se deslizan por su piel ya madura, por sus carnes casi flácidas, por su maternal, apenas trémulo vientre y sus besos en forma de luna menguante. Pero su mirada poseía aún todo el brillo del deseo y entregados, sin pudores, sobre la tapia de un huerto, oyendo el griterío de la gente que se encontraba cerca, en una terraza de verano, todo fueron caricias y besos. Ella estaba tumbada, vencida, pero mis fuerzas se fueron en la montaña, en los caminos que suben, serpentean y desaparecen. Me acordé entonces del poema de Lorca: “ Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío “. Por los callejones oscuros nuestro abrazo se abrió como una i griega y nos dimos el último beso frente a la luz cenicienta de un farol. Ella me buscó con la mirada, desde las cuatro esquinas y yo me alejé alegre, saltando hacia el parque que me esperaba para dormir. Pasé la noche dentro de mi saco en la puerta del consultorio.

DÉCIMO DÍA:23 DE AGOSTO.

Al levantarme he visto el pueblo distinto y tras el café he tomado la carretera en dirección a la autovía. Voy recitando de memoria lo que se. Unas chicas pararon con un coche para llevarme, iban a Guadix y lo cierto es que fué una buena oferta, pero me negué. El día se presentaba algo nublado, con brumas y decidí andar deprisa por una pista paralela a la autovía que unas veces te echaba para la izquierda y otras para la derecha, tanto da. Así es que fuí recorriendo entre pensamientos que rumiaba, recuerdos que ya se me aparecían lejanos en los tiempos y otrás cábalas, los últimos kilómetros hasta Guadix. Antes de este último pueblo, inicio, al mismo tiempo de mi camino circular, hallé otro con nombre de apellidos: Hernán Valle, situado en lugar de paso y con un lavadero que se resiste a desaparecer y donde conocí, de paso, casi por coraje, a una chica que acababa de hacer la colada y que estudió en Granada. Me acompañó hasta un horno donde compré un dulce en forma de cuña y luego continué mi camino sin más historia hasta que fuí divisando ya a la hora del almuerzo las primeras casas de Guadix. En un bar, a la orilla de la antigua carretera hacia Baza, me paré para celebrar mi llegada triunfal a la ciudad y me tomé una o dos cervezas con tapita de pescado y musiquita de fondo. Me senté en la terraza y leí un poco el períodico. Este año hace un siglo del nacimiento de F. Nietzsche y dedican una o dos páginas a este extraño y original filósofo alemán del que conservo algunos libros en mi biblioteca y que nunca llegué a leer del todo. La entrada en Guadix fué a confluir casi por el lugar de origen y en la estación de ferrocarril, pero bajé al pueblo antes de salir y de paso me tomé algo en un bar y saqué dinero en metálico del mismo cajero automático donde hace nueve días comencé a andar. El viaje se acaba y en la estación esperan el tren varios turistas italianos que visitaron las cuevas. Se apoyan en sus macutos mientras descansan y se aburren un poco. Les he ofrecido unas almendras. Por el camino se encuentra de todo y todo te entretiene. El camino no se termina, se abandona, como dijo algún genio, refiriéndose a su obra y yo he abandonado estos terrenos, estos pueblos donde crece el esparto y a veces pega un calor que te derrumba, pero donde tambien te puedes echar la siesta junto al frescor de un regato o una alberca repleta de peces. En mis numerosos ya, viajes por estas latitudes de Andalucía, he aprendido de sobra, que lo importante es andar libre, al albur de los días y de las noches que siempre esconden una sorpresita, como se esconde el rey mago en el roscón de reyes y que por mal que se pase, palos con gusto saben a almendras. Este viaje me ha servido para mucho, o para poco, depende de como se mire, pero lo cierto es que he vivido lo suyo y me he sentido como el pajarillo madrugador en busca de gusanillos, volando sobre los chopos o bajando al río, según le dé. En el tren, siempre se siente que has dejado un año atrás aunque sea verano y que el tiempo vivido es el que realmente se reconoce en tu vida y te hace más dichoso. Uno, en su rutina diaria, cuando recuerda el viaje, lo hace siempre con una nostalgia sobrecogedora y eso le ayuda a vivir y a ir tirando con ilusión, es algo así como un bote salvavidas para los momentos más duros, cuando los días se suceden uno tras otro, todos igualitos y cortados con el mismo patrón. He llegado a comprender la importancia que tiene viajar solo, con la mochila y todo lo demás a cuestas, embebido en sus pensamientos y bañarse en el primer arroyuelo que se precie o beber el agua de toda fuente que encuentre en el camino. Y que para eso, para esa felicidad tan cercana, no se necesita tener ni billete de avión disponible, ni el depósito de gasolina ni la cartera llena, que son placeres pequeños y que están ahí, al alcance de la mano, para todo aquel que quiera sentirse libre y que no tenga demasiados pajaritos en la cabeza ni demasiadas estampas de revistas de viajes, retenidas en su cerebro y que le hagan sufrir profundos y costosos encantamientos que al final acaban secuestrando tu voluntad y comerciando con tu tiempo.

Fin,.-